Chávez y Rosales miden fuerzas por el poder
Por ROBERTO GIUSTI
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
Esta campaña electoral se está convirtiendo en lo que nadie esperaba que se convirtiera: en una feroz competencia por el poder con resultados impredecibles. Ni desde el chavismo, donde se confiaba en un predecible escenario, con un candidato presidente invencible, ni en la oposición donde la única carta posible terminaba siendo la peor, es decir la abstención y la pasividad.
Está ocurriendo todo lo contrario y la tortilla se ha vol teado con tanta rapidez que actores como el mismo Chávez siguen atenidos a su guión original, en contraste con la velocidad de reflejos demostrada en eventos como el revocatorio, cuando lograron invertir, en un año exacto, las tendencias dominantes en la opinión pública, para transformar el rechazo en mayoritaria intención de voto.
Con fraude o sin él.
En esta oportunidad las cosas estaban al revés: una oposición fragmentada, carente de un líder capaz de unificarla, organizarla, dotarla de una sola estrategia y de inyectarle una sobredosis de entusiasmo y de confianza en sí misma luego de tantas y tan amargas derrotas. Al frente teníamos a un oficialismo consolidado en el poder y un líder a quien ya el país le estaba quedando pequeño, ocupado como lo sigue estando, de alterar la geopolítica universal, de crear un pretendido frente antiimperialista y de "salvar al mundo", como él mismo lo reconoció en Londres con no poco desparpajo y mucho candor.
Candidato aburrido
En otras palabras, las elecciones presidenciales de diciembre se habían convertido en un mero trámite administrativo, en la confirmación más o menos aceptada, por el país entero y el resto del mundo, con mayor o menor legitimidad, de un mandato lanzado hacia el futuro y seis años por delante para imprimirle formas definitivas al proyecto político original: dominio pleno y absoluto de todas las instancias, de todos los espacios, públicos y privados, de cuerpos, almas y voluntades.
Se cerraría así el círculo y el proceso entraría en una fase irreversible capaz de asegurar su permanencia, incluso luego de la desaparición física del líder en un lejano día de la tercera década del siglo. Escrito y definido en el denominado "Mapa Estratégico", presentado por Chávez a sus cuadros dirigentes en la reunión del Fuerte Tiuna de noviembre de 2004, el proyecto cayó en una fase negativa sobre cuya ocurrencia él alertó a los suyos en esa ocasión: "Hasta el último segundo el máximo esfuerzo, nunca podemos relajar y menos nosotros los líderes".
Pues bien, el líder (se) relajó porque su pulsión, sus intereses y su apuesta política apuntan ahora en otra dirección y su campaña electoral la está haciendo en las calles de Kuala Lumpur, en los vecindarios de Pekín, en la clínica donde convalece Fidel Castro, en el Palacio de Gobierno de Minsk y, en el mejor de los casos, a través de la televisión o en concentraciones donde se muestra lejano e inaccesible.
Chávez está en todas partes menos en los barrios de Caracas o en los pueblos de Venezuela, mano a mano, como en los viejos tiempos, con los menesterosos y los desamparados, quienes lo convirtieron en un fenómeno político imparable. Habiendo sucumbido ante la tentación del estadista embargado por los grandes problemas de la humanidad, se despega de su realidad inmediata y parece haber perdido el deseo de agradar, de convencer, y su discurso, luego de ocho años de promesas muchas veces incumplidas, perdió el brillo y la frescura de otros tiempos.
Sin obra que exhibir ni logros de los cuales ufanarse, sólo le queda el recurso de prometer como si todavía fuera un candidato de oposición o desviar el debate de los temas fundamentales: inseguridad, violencia, desempleo, vivienda, salud y educación, para insistir en la estrategia de la confrontación.
Trabajos de Rosales
Frente a ese líder, cuyo mito de la invencibilidad luce cada vez más desvencijado, aparece un Manuel Rosales que impuso, contra todos los pronósticos, una candidatura unitaria y está logrando el imposible de quebrarle el espinazo al mejor aliado del chavismo: el abstencionismo en el electorado de oposición. Dos conquistas nada despreciables sobre las cuales se afianzó un liderazgo regional que ya adquiere dimensiones nacionales, a juzgar por una atmósfera de renovada fe y entusiasmo que no se sentía desde antes del revocatorio de 2004.
Seguramente la abstención oposicionista no está reducida totalmente aún, pero a juzgar por la actitud de sus sustentadores más radicales, quienes sólo utilizan elogios para referirse a la campaña de Rosales, uno podría pensar que tiene muchas posibilidades de hacerlo.
Un paso notable pero insuficiente porque inevitablemente el gobernador del Zulia debe ganarse la mayor parte de los indecisos y un porcentaje considerable del chavismo, en este caso, del más blando o, según como se mire, del más descontento, única forma de nivelarse con los porcentajes de Chávez.
Pero Rosales es un fajador que compensa las carencias que podría exhibir con una inquebrantable voluntad de trabajo, un olfato de político profesional capaz de evadir los campos minados y tocar la tecla adecuada en el momento preciso, notable capacidad organizativa, una obra que mostrar, una valentía (como quedó demostrado la semana pasada) a prueba de balas y el suficiente desparpajo como para combatir a Chávez con sus propias armas, en este caso, el populismo. Para Rosales lo que Chávez reparte son migajas y él será el primero de los gobernantes de este país que le devuelva a la mayoría pobre lo que hasta ahora sólo reciben unos pocos privilegiados.
No hay espacio para analizar, una por una, todas estas características, pero queda claro que la campaña, caracterizada por su brevedad, será mucho más intensa de lo que era dable esperar. El empuje inusitado de la candidatura de Rosales en tan corto tiempo ha tomado por sorpresa al chavismo y su primera reacción, más allá del desconcierto, ha sido la de volver a los viejos métodos de la violencia, recurrente en todos los momentos durante los cuales se ha visto amenazado, es decir, cuando se siente más débil.
Esa violencia que sacó corriendo a Arias Cárdenas de las barriadas caraqueñas y las convirtió en bastiones inexpugnables del chavismo se ha intentado utilizar contra Rosales, pero sin éxito. Primero porque el maracucho no tiene miedo (de hecho es el primer líder de oposición que se mete en la boca del lobo en lo que va de siglo), segundo, porque lo están recibiendo muy bien (sin ser el non plus ultra del sex apeal luce cómodo sudando votos), tercero, porque agrediéndolo lo victimizan y porque, en el foco de la atención mundial, el chavismo cuida ahora mucho más las apariencias y se verá obligado no sólo a permitir que Rosales le robe los votos en lo que era su territorio sino también a cuidarlo tanto como a Chávez.
Ahora, siguen usando autobuses pagados por el Gobierno y derivando fondos de los organismos oficiales, pero tratan de que los primeros no tengan identificación oficial y mucho menos se atreven, como hicieron para el revocatorio, de poner en el comando de campaña a ministros y gobernadores, quienes tenían libertad total para hacer y deshacer con partidas y recursos. Lo seguirán haciendo, pero con mayor sigilo y menos descaro.
¿Quiere decir todo esto que ya Chávez perdió las elecciones? Obviamente no. Ni mucho menos. Son muchos los escenarios previsibles. Pero en el peor de los casos ya Rosales es líder de un movimiento que no morirá después del 3 de diciembre. Un movimiento poderoso, organizado y listo para frenar el avance del totalitarismo.


<< Home